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26Nov

Los esclavos del conocimiento

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Amanda Ripley, después de años de escribir sobre educación y sus reformas, sus líderes, sus problemas, los confictos, se hizo una pregunta: ¿Qué tal si hablo con los niños? Y pensó que la mejor idea era  tener embajadores a estudiantes americanos de intercambio en los sistemas educativos más exitosos: Corea, Finlandia y Polonia. Y así nació The Smartest Kids in the world, el libro que me acabo de leer  y dará para varios posts de este blog.

 

Hoy empezaremos con Corea y esos niños “esclavos del conocimiento”, como los ha bautizado una amiga, directora de un colegio. Lo primero que le llama la atención a Eric, el chaval de Minnesota que aterriza en Busan, es que un tercio de sus compañeros de clase en Corea se quedan dormidos. Pero no a escondidas, no. Se acomodan bien y se duermen. Luego descubrirá que la mayoría de ellos ha tenido clases particulares hasta las once de la noche  el día anterior. Es más, en Corea hay patrullas policiales para que se respete el toque de queda que prohíbe a los niños recibir clases particulares más allá de las 11 de la noche. Aquí tenemos botellones, allí tienen que vigilar que puedan vivir algo, que no todo sea estudio. En ese ecosistema,  surgen profesores particulares que se hacen millonarios con clases on line. Se corre la voz: sus alumnos consiguen mejorar en los exámenes estatales y así entrar en las tres universidades que llevan directos a los mejores puestos de trabajo. Aquí tenemos a Kim-ki Hoon, un profesor rock star que factura al año cuatro millones de dólares.

 

La vida de los adolescentes coreanos que retrata Eric, el estudiante de EEUU, es la historia de una obsesión por el número en una clasificación: “En Corea, tu educación puede quedar reducida a un número. Si tu número es bueno,  tienes un buen futuro”, le explican al estadounidense. Y para conseguir ese número están dispuestos a llevar una vida de opositor en edades que deberían estar haciendo muchas otras cosas, además de estudiar horas y horas.

 

Por eso desde Smartick insistimos en nuestros 15 minutos diarios, desde casa, después de merienda, por ejemplo. Nada que ver con tener que llevarlos a un sitio, esperar a que salgan, corregir cuadernos, aparcar, o coger el autobús. Adaptado a ellos, por lo que no hay pérdida de tiempo en evaluar cómo van, lo que han aprendido y retenido. Lo sabemos. Todo ese tiempo que ganan, a jugar, que es muy importante. Lo tenemos clarísimo. En el siguiente capítulo resumen de este libro, nos toca Finlandia y sus niños autónomos, que no esclavos.  Se puede ser bueno en PISA y vivir y jugar. Contaremos sus secretos.

 

Para seguir aprendiendo:

Berta González de Vega

Berta González de Vega

Periodista. Bloguera en Smartick. En los últimos años, lectora compulsiva de todo lo que tenga que ver con la educación. Madre de tres niños Smartick. Domina el inglés pero nunca pensó en las matemáticas como el verdadero lenguaje universal.
Berta González de Vega

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