Hay ocasiones en las que la vida te recompensa y es entonces cuando sabes que los esfuerzos merecen la pena. En Smartick nos pasa a menudo. Cuando nos escriben padres contentos porque sus hijos no le tienen ya miedo a las matemáticas, por ejemplo. También nos pasó el otro día, cuando hicimos público el acuerdo con el G-LAB del MIT. Yo soy ingeniero industrial y fui un estudiante esforzado que después de trabajar unos años pudo seguir formándose en INSEAD, con un MBA. No tengo más mérito que me gustara, que me guste, aprender, preguntarme cosas, intentar solucionar problemas. Algo que sigo haciendo con la educación y las matemáticas desde que decidimos fundar Smartick.

Tengo la enorme suerte de haberme criado en un entorno donde eso era lo habitual. Preguntarse cosas. Estudiar. Disfrutar aprendiendo. Una casa por la que desfilaban cirujanos cardiacos de muchas nacionalidades y a la que llegaba mi padre con algún regalo para nosotros después de alguna visita a Estados Unidos. Por eso, yo sabía desde bastante pequeño del MIT. Tuve durante mi adolescencia una sudadera con sus siglas, regalo de mi padre, que aún conservo. Por eso, el hecho de que un equipo del Sloan School of Management, sede de su prestigioso MBA, nos vaya a ayudar en nuestra estrategia de expansión por EEUU me parece un sueño hecho realidad, que empezó a gestarse cuando Endeavor me eligió este año como uno de los emprendedores por los que quería apostar.

Javier Arroyo y yo hemos pasado un verano intenso entre Madrid y Boston. Allí, paseando por Mass Ave, entre Harvard y el MIT, cruzando el río Charles hasta Back Bay, te vas cruzando, lo intuyes, con la élite académica mundial y, en cierto sentido, también empresarial. Como suele explicar Bill Aulet, responsable del centro de emprendedores del MIT, si se sumara la facturación de empresas fundadas por antiguos alumnos o dirigidas por ellos, estaríamos ante una de las principales economías del mundo. Pero no sólo les mueve el dinero. En esas aulas también aspiran a cambiar el mundo a mejor, como explican muy bien los españoles que están enseñando en el MIT. Lo hacen consiguiendo ser un imán de talento mundial y, por eso, al entrar en el hall central del MIT, lo que te encuentras es una mezcla inmensa de nacionalidades, entre las que destacan las asiáticas, eso sí. Lo mismo va a ocurrir en el equipo que venga a Madrid a las oficinas de Smartick. Grupos donde las nacionalidades es lo de menos y el escenario es el mundo.

Tengo una hija de seis meses. Nació justo antes del primer viaje a Boston. Le traje un body en el que se escribe Cute con letras de la tabla periódica, con el logo del MIT. Ojalá, con esfuerzos, sus sueños se hagan tan realidad como algunos de su padre. Casi todos ellos pasan por dar acceso al mayor número posible de niños a una educación excelente. El MIT lleva haciendo eso desde 1861. Fue la respuesta académica a la revolución industrial. En Smartick queremos ser la respuesta académica a la revolución digital para los niños. Para dar oportunidades a muchos para estar en centros de excelencia académica. Para que miles no se queden en las estadísticas del fracaso escolar. Para que otros miles no renuncien a carreras de “ciencias” porque piensen que se les dan mal las matemáticas. Para que todos sean ciudadanos más críticos, menos manipulables, con pasión por aprender.

Queremos que, cada hora, haya niños que enciendan sus ordenadores por todo el mundo para 15 minutos de matemáticas adaptadas a cada uno de ellos. Para conseguir un sólido escenario mundial, contaremos con la ayuda del MIT. Yo todavía tengo la sudadera. Soñar y esforzarse sirve.

Smartick, meet MIT Sloan (G-Lab 2015) from Siya Raj Purohit on Vimeo.

Para seguir aprendiendo:

Daniel González de Vega

Daniel González de Vega

Responsable de desarrollo de producto de Smartick. Lo estudia y lo analiza, lo mima y lo mejora. Ingeniero industrial, MBA por Insead.
Daniel González de Vega