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19Abr

Hiperparentismo. Algodones con mercromina

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hiperparentismo
Foto: I. Alix

Sigo sin ver costras a los niños en las rodillas. Como las de nuestra infancia. Aquellas que picaban cuando se iban cicatrizando, las que los más impacientes nos arrancábamos. Algunos conservamos las cicatrices. Alguna vez se han caído nuestros hijos, claro. Y hemos ido corriendo a ver qué ocurría a aquel niño que gemía de dolor. Llevamos varios años alertando del hiperparentismo pero las rodillas siguen impolutas. Es más, según cuenta Eva Millet, autora de Hiperpaternidad, podemos ir casi a peor porque ya hay niños de tres años que, al caerse, se quedan petrificados en el patio, inmóviles para pasmo de los profesores que, al rato, averiguan lo que pasa: son niños a los que siempre se les levanta. Se quedan allí, esperando a una mano.

Esa mano que retrata Eva Millet y que puede estar sujetando el bocadillo en el parque. Anda, un bocadito más. Y los niños de seis años, allí, de pie, masticando del bocata que les sujetan sus padres. O quizás madres, deberíamos decir, porque siguen siendo las madres las que más se preocupan. Por los deberes, pero también porque el niño o la niña se acaben el bocadillo, luego irán ellas detrás a tirar el papel de plata a la papelera, como recogen los balones. Las que, acabada la merienda del cumpleaños, llevan los vasos y los platos de papel a la basura. “Los padres suelen ser tipo manager, los que se imaginan a su hijo como el siguiente Messi”, explica Millet y, quizás por eso, se han llenado de mal rollo algunas competiciones infantiles. El otro día, me decía una amiga que la madre de la rival de su hija en un partido de tenis no cruzó una palabra con ella, ni respondió a las buenas tardes al inicio del partido.

“Nos tenemos que liberar todos un poco, ¿no? Las madres, sobre todo, y los niños”,  explica desde Barcelona Eva Millet que, a ratos, es optimista: “El otro día vi a una madre que le pasaba las mochilas a sus hijos y les decía que las llevaran ellos, que había leído que eso era bueno”. A eso hemos llegado. A tener que leerlo. No le pasa a los emigrantes, claro, que son los únicos cuyos hijos juegan en la calle o se van andando a sus casas desde el cole, a una distancia que a los españoles les parece enorme. Nosotros, a poder ser, a armar el lío con el coche a la puerta del colegio. No sea que los niños tengan que andar un poco. Tampoco pasaba cuando las familias eran numerosas.

A Millet ya le empiezan a llegar historias de esos “niños” que han llegado a la universidad. Matriculados por sus padres, tentados a veces de ir a las revisiones de exámenes con sus hijos.  Y todo esto ocurre cuando se sabe que las personas con vidas más satisfactorias son las que han demostrado determinación, coraje, más que coeficiente intelectual. De ello hemos hablado en el blog que Smartick escribe en el mundo.es, Mejor Educados, y en una entrada aquí hace unos días, frustración y fracaso como instrumentos educativos.

Para tener determinación hay que caerse y levantarse. Y sentir la responsabilidad de andar solo por la calle a una edad razonable. Millet aconseja, antes de dar ese paso, “espiar” a los niños camino de un recado: “Los niños son más capaces de lo que pensamos siempre”, explica. Pero sigue habiendo miedos infundados a secuestros: “Lo de los McCann marcó un antes y un después”.

Los grupos de Whattsapp han añadido matices al hiperparentismo. Están los que preguntan siempre por los deberes. Y, según se ha dado cuenta Millet, está la tipología del padre o de la madre tóxica, que serían los que quieren extender al grupo los problemas que tienen ellos con sus hijos en el colegio o con otros amigos. En ocasiones, además, según nota Millet, se está creando un ambiente de excesiva confrontación entre los padres y los colegios.

Los móviles, cuando son mayores, acaban por convertirse en el cordón umbilical que nunca se rompe y que acrecienta a veces la angustia. ¿Por qué no me lee los mensajes? ¿Por qué no coge? Son preguntas que antes no se hacían nuestros padres que eran capaces incluso de salir a cenar y dejar a los niños de cierta edad solos. Si acaso, decían el nombre del restaurante en el que iban a estar por si pasaba algo. Que nunca pasaba.

En Smartick sólo podemos recomendar que los niños hagan cada día su sesión solos. Se puede hacer perfectamente. Lo deben hacer así. Los padres que van chivando a sus hijos las respuestas o los que se ponen al lado a resoplar cuando el niño falla, no le hacen ningún bien. Hablo desde la experiencia propia. Y es que, si sabemos ya algo en esto de la educación, es que una cosa es predicar  y otra dar trigo. Pero hay que superar la tentación de ser una supermadre y una agenda, además, que les programará el cuentacuentos, la visita al museo, el concierto infantil. Se tienen que aburrir. Mirar un hormiguero. Mirar a la pared y pensar: “Bueno, a lo mejor puedo coger un libro”. Coger unos papeles y dibujar. Dar mil patadas a un balón contra la pared.

Todos queremos una infancia feliz para nuestros hijos. Pero no pasa nada si se las arreglan solos poco a poco. Es lo que necesitan. Eso es crecer. Hay que hacerse cicatrices. Mirarlas y tocarlas. Apreciarlas. Experimentamos. Exploramos. Nos hicimos daño. Y los algodones tenían mercromina y agua oxigenada. No eran los algodones emocionales entre los que ahora criamos a nuestros hijos.

Una infancia paradisíaca tiene, además, sus riesgos: echarla siempre de menos. Lo cuenta en una columna de 1994 el columnista británico Paul Johnson, cuando explica que el intelectual Cyril Connolly “tuvo un éxito deslumbrante en Eton”, haciendo reír a sus compañeros: “Eso arruinó su vida. Como escribió más tarde, el último año de escuela de un estudiante que ha tenido éxito en Eton es tan delicioso que su vida, por bien que le vaya, es una expulsión del Jardín del Edén”. Y no se trata de eso. La vida puede ser maravillosa a cualquier edad y conviene que no condenemos a nuestros hijos a echar de menos cuando se lo hacíamos todo. Esta noche, los platos a la pila y al lavaplatos que los metan ellos.

Para seguir aprendiendo:

Berta González de Vega

Berta González de Vega

Periodista. Bloguera en Smartick. En los últimos años, lectora compulsiva de todo lo que tenga que ver con la educación. Madre de tres niños Smartick. Domina el inglés pero nunca pensó en las matemáticas como el verdadero lenguaje universal.
Berta González de Vega

1 Comentario;

  • Odra Abreu18 Sep 2017, 22:56

    Excelente informaciòn…. Muchas gracias,

    Responder

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