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06Ago

El secreto finlandés más difícil de replicar

Si te dedicas por hobby, preocupación u ocupación a leer sobre educación puedes acabar un poco frustrada porque, aunque hay distintas propuestas, nadie puede argumentar en contra de que lo fundamental son buenos profesores.

Los profesores son la pieza clave, son ellos los transmisores, los motivadores, los detectores de anomalías. Nadie puede posicionarse en contra de “necesitamos buenos profesores” pero es muy difícil dar un paso más allá en el discurso porque, a continuación, surgen las siguientes cuestiones: los profesores dirán que ellos están muy bien preparados, pero mal motivados; los gestores podrán decir que no se dedican como debieran a los alumnos; los expertos, que faltan métodos eficaces en la evaluación de la actividad docente y los rectores de las universidades que no se debe subir la nota de acceso para estudiar Ciencias de la Educación. Y, entonces, se llega a la parálisis por diagnóstico, a la pregunta obvia: Si todo el mundo sabe que necesitamos mejor profesores, ¿qué nos impide empezar a reclutarlos? De ahí la frustración, claro.

No sé si alguna vez se han puesto en la piel de un profesor. Intentar mantener la atención de un grupo de niños durante casi una hora, sin descanso. Sin mirar al móvil, sin hacer una llamada de teléfono. Casi una hora de concentración continua. Aunque suene a perogrullada, eso requiere, fundamental, que te gusten los niños, que domines la asignatura como para no sentirte inseguro, que creas necesario mantener un rigor y cierta disciplina que haga posible la convivencia. Nada fácil.

Es difícil que sean buenos profesores quienes estudian esa carrera porque no han tenido nota para otra, por ejemplo, o quien ha buscado en la docencia una salida profesional que no encontraba en otros sitios. Esa gente está dando clase por razones que son ajenas a la pasión por enseñar. Los profesores españoles tienden a fijarse en Finlandia cuando se dice que, allí, en el paraíso educativo, son los profesionales mejor valorados. Se olvidan añadir que son los mejores estudiantes los que optan por esta carrera.

Amanda Ripley es una de esas periodistas especializadas en educación que conviene seguir. Es autora de Los chicos más listos del mundo, sobre sistemas educativos, y sigue con un blog los distintos debates sobre cómo mejorar el rendimiento académico en EEUU, un país que afronta retos similares a los de España.

En un reportaje publicado en Slate, Amanda Ripley cuenta cómo hay varios estados y universidades que están intentando endurecer el acceso a las carreras para ser profesor: “Aunque de manera muy lenta, los legisladores y educadores están empezando a tratar la preparación de los profesores como si se tratara de cirujano o de pilotos –haciéndolo más selectivo, práctico y riguroso”.

En Finlandia, sigue Ripley, a los estudiantes que quieren ser profesores les ponen de ayudantes en una clase, con alumnos con problemas de comportamiento, para darles un primer baño de realidad. Después, a los que solicitan entrar en la carrera, se les hace leer un libro sobre educación y, luego, se les somete a un examen sobre él. Después, los candidatos se someten a una intensa entrevista en la que se les sitúa en una clase imaginaria con niños desmotivados. Al mes, recibirán la carta en la que les dicen si han sido admitidos. Sólo lo consigue un 10%. Según Ripley, así se consiguen dos cosas: los que son admitidos, tienen un perfil bastante adecuado pero, además, se manda el mensaje de que la educación es importantísima.

En algunos sitios de EEUU, ya han empezado a tomar medidas. Aquí, ha habido intentos y ninguno, por ahora, ha llegado a buen puerto. Parte de esa frustración es lo que nos llevó a crear Smartick. Sabemos que no sustituimos a los buenos profesores, queremos que los haya, cada vez mejores, pero mientras nosotros ponemos nuestro grano de arena, con matemáticas para cada niño, a su ritmo, personalizada.

 

Créditos foto superior: ABC

Para seguir aprendiendo:

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Cree que no sabe ser más que periodista y, por curiosa, anda ahora entusiasmada leyendo sobre la enseñanza de las matemáticas, sus fallos y sus mejoras en el mundo. Si se le hubieran dado mejor los números, puede que hubiera sido médico, como su padre y como su abuelo. Pero, además de sentirse apabullada por las derivadas, se le cruzó un reportaje de la revista Rolling Stone aquel año que pasó en Seattle. Domina el inglés y nunca pensó en las matemáticas como en el verdadero lenguaje universal. Es corredora de paseo marítimo de Torremolinos y tiene tres hijos que coleccionan ticks de Smartick: Pablo, Luis y Berta.
Berta González de Vega

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2 Comentarios

  • Vir 27 Nov 2014, 23:18

    Falla el sistema, no porque no se reclute a los mejores sino porque hay una formación obsoleta muy alejada de la realidad del aula. Tb existen grandes deficiencias en un sistema educativo que cambia según el partido político del momento, una educación que no cree en un alumno crítico y creativo, una educación que fomenta la sumisión. Y por último, unos padres que preparan para el futuro basándose en cánones pasados y tradicionalistas.

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  • Antonio Pacheco 07 Ago 2014, 17:02

    El sistema. Hay que cambiar el sistema. Un profesor español en Finlandia rendiría lo mismo que un finlandés y uno finlandés en España no rendiría más que un español. Hay que dejar trabajar al maestro en libertad. Se supone que todo profesional ha hecho una carrera, unas oposiciones y lapráctica diaria le va dando una experiencia. Por tanto, ¿a qué viene tanta burocracia? Hay que educar y enseñar y hoy en día conducir y dirigir al niño hacia sus metas, con flexibilidad de horarios y no lo que nos van metiendo unas leyes cada vez más distantes de la realidad educativa. Cada ley obliga a que los niños tengan más profesores al comienzo de su educación. En Finlandia cada año es un solo profesor el que imparte todas las materias a un mismo grupo de alumnos ( sobre 18 por aula y no sobre 30). Aquí en España hay clases de 5, 6, 7… Años que entran en un aula más de 5 maestros a impartir las diferentes materias… Y podríamos seguir haciendo comparaciones entre maestros, alumnos, sociedades y al final es el sistema el que se debe cambiar. Unas leyes consensuadas por todos los sectores, no para unos años sino para décadas y orientadas por los profesionales que han dedicado su vida, su labor en las aulas y no por unos cuantos asesores puestos por los políticos de turno.

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